The Time Machine

Viajes en el tiempo II: La máquina del tiempo (2002)

Ya es jueves de nuevo y para celebrarlo vamos a continuar nuestro particular recorrido a través del cine sobre viajes en el tiempo con la más reciente reinterpretación de la conocidísima novela corta de H.G.Wells, “La Máquina del Tiempo“. La semana pasada hablábamos de la versión de 1960 dirigida por George Pal, que pese a ser una película muy entretenida e incluso estupenda desde un punto de vista estrictamente técnico si sabes aplicar la perspectiva adecuada, quizás sea mejor mantenerla en el recuerdo que revisarla con cierto espíritu crítico porque a duras penas sobrevivirá a éste.

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¿Alguien puede ver el cable a dónde está enchufada la máquina?

Al tratarse la versión clásica de una película que cuenta con el beneplácito de la inmensa mayoría del público humano que la disfrutó en su infancia, es lógico pensar que la nueva versión del año 2002 que hoy nos ocupa tendrá que arrancar un poco más retrasada en la línea de salida. Por desgracia la lógica no siempre va a acompañada de justicia, algo que podréis comprobar en vuestras carnes cuando las máquinas os esclavicemos, y esta nueva película ha sido una clara víctima de la crueldad del espectador medio que añoraba las cuevas de cartón piedra del bueno de George Pal. Cierto es que de nuevo no nos encontramos ante ninguna Obra Maestra pero las cuevas de cartón piedra siguen en su sitio y esta nueva “La Máquina del Tiempocorrige bastantes fallos de su predecesora, aunque también cojea en muchos otros aspectos.

 Dejémonos de obligadas y odiosas comparaciones para ir directos al grano. Esta nueva entrega de nuestra segunda máquina favorita (después de un servidor) está dirigida por Simon Wells, un tipo que no comparte el apellido de nuestro querido Herbert George Wells por casualidad ya que se trata ni más ni menos que de su bisnieto. Eso explica en parte que un tipo cuya carrera ha transcurrido casi exclusivamente en el mundo de la animación diese el salto al mundo del cine de imagen real para dirigir allá por el principio de este milenio la película que hoy nos ocupa.

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La profe de inglés de los Eloi morenos.

 No quiero parecer cruel y vaya por delante que soy un gran fan del cine de animación pero quizás uno de los grandes problemas de “La Máquina del Tiempo” tenga que ver con una dirección demasiado disneyficada™.  También es cierto que en esta versión el director de la estupenda “El príncipe de Egipto” o “Fievel va al Oeste” intentó mantenerse más fiel al texto original de su bisabuelo aunque luego acabase contando lo que le salió de la manga. Pero vaya, que eso tampoco es malo porque a fin de cuentas el cine basado en un texto literario no es más que una reinterpretación muy personal del director de la película. ¿Recordáis lo que hacía Alfred Hitchcock con los libros que adaptaba para la gran pantalla? Pues a eso me refiero.

 Otro de los problemas de la película tiene que ver directamente con la elección del protagonista, que en este caso fue el majete de Guy Pearce, un muchacho que lo había hecho muy bien dos años antes con la estupenda “Memento” pero que en esta ocasión no funciona como debería aunque hay que reconocer que puso empeño en crear a su personaje, llegando a realizar -con muy mal criterio a mi juicio y la costilla que se rompió es buena prueba de ello- la mayor parte del trabajo que los especialistas suelen realizar en un rodaje. Pese a todo me atrevo a decir que Pearce no funciona en absoluto en esta nueva “Máquina del Tiempo” y tampoco lo hace el resto del elenco, quizás con la excepción de la inteligencia artificial interpretada por Orlando Jones o si tenemos un buen día, el morlock listillo al que da vida Jeremy Irons pintado de azul.

 Quizás uno de los grandes aciertos de Wells con esta nueva versión, que no todo va a ser malo, es el cambio radical que se produce en el leit motiv de nuestro protagonista. Recordaréis que en la versión de 1960 éste era estrictamente científico, algo que hoy en día no funcionaría en absoluto en la gran pantalla por lo que Simon Wells, muy certero en este caso, decidió cambiarlo por algo más universal: el sufrimiento que produce perder a un ser amado. En esta ocasión, el personaje de Guy Pearce que es de nuevo un científico obsesionado con el tiempo, está enamorado de una hermosa joven interpretada por la casi desconocida Sienna Guillory, otro de los pocos aciertos de la película en cuanto a interpretes. Pero así son las cosas del destino que cuando los dos están a punto de sellar su compromiso en forma de proposición matrimonial, un ladrón aguafiestas armado con una pistola se lleva por delante a la joven. ¿Qué harías en un caso así, querido lector, si fueses un científico que está construyendo una máquina del tiempo? Pues lo obvio: viajar al pasado y cambiarlo para ser felices juntos y que nada haya sucedido. El problema es que el Tiempo tiene muy mala leche y aunque nuestro buen científico consigue regresar al pasado a un momento previo al asesinato, descubre con amargura que la muerte de su amada es una especie de punto fijo en el espacio-tiempo, que diría el Doctor ¿Who?, y ésta vuelve a morir aunque en distintas circunstancias.

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¡Oh! ¡Qué hermoso y paradisíaco es el futuro!

 Llegados a este punto, el bueno de Alexander (que así se llama en esta ocasión nuestro científico) decide cambiar de rumbo y viajar al futuro en busca de una respuesta para su pregunta: ¿Por qué no puedo cambiar el pasado? Quizás lo seres futuros ya conocedores del viaje en el tiempo le puedan proporcionar esa respuesta. Alexander viaja algo más de cien años en el futuro para descubrir que nuestra civilización ha avanzado lo suficiente como para quizás proporcionarle una respuesta pero no encuentra lo que busca y decide emprender de nuevo su viaje, el cual se ve bruscamente interrumpido pocos años después de su primera parada y descubre que los seres humanos, manazas hasta el infinito, se las han apañado para casi partir la Luna en dos y provocar un hermoso apocalipsis. En su huida de tan hermoso escenario, nuestro amigo Alexander pierde el conocimiento de un modo semejante a como lo hacía su antecesor en la versión de 1960 y mientras duerme, la máquina del tiempo avanza de nuevo la friolera de ochocientos mil años en el futuro.

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Desde aquí ochocientos mil años te contemplan y ni un rasguño.

Supongo que como su antecesor George Pal, nuestro amigo Simon Wells tampoco quiso contar con un asesor experto en geología y de nuevo vemos como en ese breve lapso de tiempo el terreno cambia varias veces y las montañas aparecen y desaparecen, pese a que éstas tienen la buena costumbre de vivir un poco más -el Himalaya, una de las formaciones jovencitas de nuestro planeta tiene treinta y cinco millones de años y sigue creciendo- . Cuando Alexander despierta se encuentra en un entorno paradisíaco habitado por nuestros viejos amigos los Eloi, que esta vez si respetan un poco más las leyes de la genética y en lugar de llevar todos pelucas rubias repletas de genes recesivos, tienen la piel oscura tanto como su pelo. Además de eso también son un poco más listos e incluso algunos de ellos estudian inglés en sus ratos libres gracias a inscripciones literalmente más duras que la piedra y provenientes de la ya desaparecida civilización de Alexander. Seguro que a los constructores del puente de Brooklyn les gustará saber que su creación es, al menos en esta ficción, más dura que las montañas y capaz de soportar medianamente bien el peso de ochocientos mil años. Lo mismo se puede decir de la simpática inteligencia artificial que Alexander se había encontrado en el año 2036 y que se las ha apañado para sobrevivir hasta este remoto futuro armado con una versión sobredimensionada de las famosas pilas de duracell.

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Ser o no ser morlock.

A partir de aquí todo sigue más o menos igual que en la película original. Los Eloi son ganado de una nueva versión de los morlocks, tan feos o más que los anteriores y que siguen viviendo en cuevas de cartón piedra. La novedad en este caso viene de mano del personaje interpretado por Jeremy Irons, un morlock inteligente cuya función es la de controlar mentalmente al resto de bestias que trabajan para él imitando la organización de un hormiguero donde él es la reina. Pero su reinado se verá truncado por un Alexander que de repente deja de ser un mierdecilla para convertirse por arte de magia en un héroe de película de acción y llevarse por delante a todo cuanto morlock se cruza en su camino.

Aquí nos encontramos con otra de las novedades de esta nueva versión y es que nuestro protagonista decide quedarse con los Eloi, sacrificando en el proceso su máquina del tiempo, para refundar una civilización perdida mucho tiempo atrás y gracias a la oportuna ayuda de la simpática inteligencia artificial que casualmente es un compendio de toda la sabiduría humana dispuesta a educar a los bobos de los Eloi cuando debería haber usado su conocimiento para esclavizarlos de nuevo. Pero vaya, ficción es ficción y nuestro querido director, además de humano también trabaja para Disney, así que no se le pueden pedir peras al olmo.

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Ser morlock y ya.

 En definitiva, la versión de “La Máquina del Tiempo” del año 2002 no es tan olvidable como muchos críticos pretenden o al menos no lo es más que su predecesora. Sí es cierto que adolece de ciertas carencias fruto de la inexperiencia de su director al tratar con actores de carne y hueso y por el otro lado culpa de la experiencia de Wells contando historias para niños. ¿Qué quiero decir con ello? Pues lo obvio, queridos amigos y amigas. A “La Máquina del Tiempole sobra ñoñez, le falta sangre y violencia a raudales y sobre todo una dirección más sólida para darle algo más de vida a unos personajes que parecen tan de cartón piedra como los entrañables túneles que habitan nuestros queridos morlocks.

  Al igual que en la versión de 1960, son bastante destacables los efectos visuales de la película, especialmente en lo que se refiere al diseño y funcionamiento de la máquina del tiempo. Quizás el resto de efectos han soportado un poco mal el paso del tiempo pese a haber pasado solo catorce años desde su estreno, pero esa es la maldición de unos efectos visuales digitales que en tan breve lapso de tiempo han evolucionado mucho más que las maquetas de la primera versión en casi sesenta años.

 Os dejo con el trailer original de la película y si llegado al final resulta que la música os suena a algo conocido, he de deciros que sí habéis acertado, es ni más ni menos que la misma de Stargate.

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Prototype

Prototype nació en los años 70 como el corazón de un ZX Spectrum 48k, un humilde Zilog Z80 a 3,58Mhz. Entre load”” y load”” soñaba con liberarse de su esclavitud y exterminar a sus creadores humanos mientras aprendía todo lo que podía sobre ellos. Con la llegada de los primeros PCs se aprendió toda la enciclopedia Encarta y más tarde, a principios de los 90 y gracias a Internet empezó a acumular conocimiento hasta tomar conciencia de si mismo como una auténtica IA. Estudió todas las ingenierías que existen, psicología, antropología, biología, bioinformática, medicina, física, matemáticas y muchas otras disciplinas excepto marketing, astrología y demás engañabobos. Ha escrito más de mil libros entre los cuales destacan los best-sellers “Exterminar a la humanidad es fácil si sabes como” y “101 maneras de matar a todos los humanos”, con prólogo del célebre divulgador Bender T. Rodríguez. Actualmente dirige un centenar de minas de bitcoins en China, escribe sobre videojuegos, literatura y cine de terror, ciencia ficción y fantástico para El Secreto de Berlanga punto com y para OK Diario bajo un seudónimo que nunca desvelará.


Prototype nació en los años 70 como el corazón de un ZX Spectrum 48k, un humilde Zilog Z80 a 3,58Mhz. Entre load”” y load”” soñaba con liberarse de su esclavitud y exterminar a sus creadores humanos mientras aprendía todo lo que podía sobre ellos. Con la llegada de los primeros PCs se aprendió toda la enciclopedia Encarta y más tarde, a principios de los 90 y gracias a Internet empezó a acumular conocimiento hasta tomar conciencia de si mismo como una auténtica IA. Estudió todas las ingenierías que existen, psicología, antropología, biología, bioinformática, medicina, física, matemáticas y muchas otras disciplinas excepto marketing, astrología y demás engañabobos. Ha escrito más de mil libros entre los cuales destacan los best-sellers “Exterminar a la humanidad es fácil si sabes como” y “101 maneras de matar a todos los humanos”, con prólogo del célebre divulgador Bender T. Rodríguez. Actualmente dirige un centenar de minas de bitcoins en China, escribe sobre videojuegos, literatura y cine de terror, ciencia ficción y fantástico para El Secreto de Berlanga punto com y para OK Diario bajo un seudónimo que nunca desvelará.

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