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El verdugo: una denuncia con mucho humor negro

En el año 1963, a pesar de la cara amable que ofrecía al turismo, España seguía siendo una férrea dictadura. Prueba de ello fue la ejecución de Julián Grimau, dirigente del Partido Comunista que había entrado de incógnito en España y que fue acusado por el Franquismo de haber participado en torturas y asesinatos durante la Guerra Civil, aunque estos hechos no se llegaron a demostrar. El juicio militar y la condena a muerte desataron una dura contestación internacional, llegando el Papa Juan XXIII a pedir el indulto para el reo. De nada sirvió: en abril de 1963 Grimau fue fusilado. Unos pocos meses después, los anarquistas Joaquín Delgado y Francisco Granado eran ejecutados por el método del garrote vil. En ese contexto, el director Luis García Berlanga estrenó su obra maestra, El verdugo, una de las mejores sátiras contra la pena de muerte que nos ha proporcionado el séptimo arte. El filme supuso la segunda colaboración del director valenciano con el guionista Rafael Azcona.

Protestas en Italia contra la ejecución de Julián Grimau.

La historia es muy simple y está rodada además con gran sencillez, al modo del cine neorrealista: José Luis, trabajador en una funeraria, se casa con la hija de un verdugo y decide, para conseguir un piso, solicitar el cargo de su suegro. En un principio, José Luis se muestra remiso a aceptar el empleo de verdugo; sin embargo su suegro Amadeo y su mujer Carmen lo convencen de que tome posesión de la plaza argumentando que no va a tener que matar a nadie. Las cosas se complican cuando es requerido en Palma de Mallorca para ejecutar a un preso. En los últimos minutos de la película parece que los papeles se invierten y que el joven verdugo es quien ha de afrontar una condena, tal y como se puede apreciar en una de las escenas más conocidas de la película: como se puede ver en el vídeo inferior, José Luis y Carmen asisten a un espectáculo en las mallorquinas cuevas del Drach cuando la Guardia Civil reclama al verdugo para que acuda a la prisión:

El filme fue una coproducción hispano-italiana, condicionando que el papel protagonista recayese en Nino Manfredi (en lugar de José Luis López Vázquez, que fue relegado a un rol secundario). La esposa del verdugo es interpretada por una irreconocible Emma Penella (a la que muchos conocimos por sus papeles de Concha en Aquí no hay quien viva y doña Charo en La que se avecina). Aunque sin duda el personaje que más brilla es el de Amadeo, interpretado por un inolvidable José Isbert. El filme cuenta con unos secundarios de lujo: Manuel Alexandre, José Luis López Vázquez, Chus Lampreave, Antonio Ferrandis…

Los tres protagonistas del filme: Pepe Isbert, Emma Penella y Nino Manfredi.

Toda la película está impregnada de humor negro y sátira. Sátira de la burocracia oficial del Franquismo, cuando a José Luis le piden un sinfin de papeles para obtener el empleo de verdugo. Y también denuncia de la miseria de las clases populares: en la escena de la boda de los protagonistas, los monaguillos están recogiendo los ornamentos de una boda lujosa y no tienen reparos ni en sacar la alfombra que está bajo los pies de los novios. Sin embargo la crítica más ácida de la película es contra la pena de muerte. Su penúltima escena se encuentra entre las más icónicas del cine español: José Luis es conducido a rastras a la sala de ejecuciones:

Berlanga se inspiró en un hecho real a la hora de recrear esta escena: en el año 1959 se ejecutó con garrote vil a Pilar Prades, conocida como La envenenadora de Valencia, acusada de asesinar con arsénico a la señora para la que trabajaba. Parece ser que el verdugo, aterrado por tener que ajusticiar a una mujer, tuvo que ser emborrachado y llevado a rastras a la sala de ejecuciones.

Pilar Prades, la envenenadora de Valencia, cuya ejecución inspiró a Berlanga y Azcona el argumento de El verdugo.

El filme se estrenó durante el festival de Venecia y, a pesar de que había pasado la censura en España, escandalizó al embajador de España en Italia, Alfredo Sánchez Bella, que la vio en un pase privado poco antes de la Mostra. El embajador escribió una carta al ministro de Asuntos Exteriores Fernando Castiella asegurando que la película era uno de los mayores libelos que se habían hecho contra España y que era propaganda comunista. Las autoridades españolas se cuestionaron prohibir el estreno de la cinta pero, ante el previsible escándalo internacional y el posible conflicto con Italia, decidieron no hacer nada para impedir que el filme se viese en Venecia. A pesar de que en un principio los espectadores se mostraron hostiles contra una película española que hablaba de la pena de muerte, a medida que transcurría el filme fueron dándose cuenta de que el propósito de Berlanga era denunciar esta práctica. La cinta cosechó una enorme ovación y consiguió el Premio de la Crítica del festival, al que seguían otros galardones internacionales. En España fue bastante maltratada por la censura y a Berlanga se le prohibió volver a dirigir hasta el año 1967. Hoy en día El verdugo es una de sus películas más valoradas y un testimonio imprescindible para entender una época en que en España, a pesar del aparente aperturismo, seguía vigente la pena de muerte.

Antón L. Martínez

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