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El acorazado Potemkin: la perfección de una película imperfecta

Hay películas que, por motivos técnicos o temáticos, han entrado en la Historia, trascendiendo al mundo del cine. Una de estas películas es El acorazado Potemkin (1925), una de las obras maestras del director ruso Sergei Eisenstein. A pesar de sus numerosos defectos (como el tono panfletario y propagandístico de la cinta), la maestría con que Eisenstein maneja la cámara y el simbolismo del filme lo convierten en uno de los grandes hitos de la historia del cine y en uno de los nombres habituales en las listas de mejores películas.

En el año 1925 se conmemoraba el vigésimo aniversario de la Revolución de 1905, conato revolucionario contra el gobierno zarista durante la guerra entre Rusia y Japón que, aunque fue sofocado, fue el antecedente de la Revolución de 1917 que acabó con el asesinato del zar Nicolás II y su familia y con la implantación de un sistema comunista en Rusia. Para celebrar la conmemoración, el gobierno comunista programó una serie de actos entre los que se incluía el estreno de una película inspirada en los hechos de 1905. La dirección del filme se le encargó a Sergei Eisenstein, jovencísimo realizador (no había cumplido los 27 años por aquel entonces) pero que tenía una experiencia dilatada en el mundo del teatro. Debido a que el mal tiempo que reinaba en el norte de Rusia dificultaba el trabajo en San Petersburgo, Eisenstein decidió centrar su obra en uno de los episodios más conocidos de la Primera Revolución: la rebelión de los marineros del acorazado Potemkin en el mar Negro. Para ello utilizó actores noveles, cuya enorme expresividad suple con creces su falta de experiencia frente a la cámara.

Sergei Eisenstein (1898-1948): uno de los directores más importantes de todos los tiempos, a pesar de ser marginado y olvidado hacia el final de su vida.

En junio de 1905 estalló un motín entre la tripulación del Potemkin, un barco de guerra ruso que se aprestaba a realizar unas prácticas de tiro frente a las costas de la actual Ucrania. El detonante de la rebelión fueron las condiciones de los marineros, obligados a comer alimentos en mal estado. Esto, unido al clima originado por las continuas derrotas de la flota rusa frente a Japón, motivó que los marineros se negaran a comer; los oficiales del buque amenazaron con fusilar a los cabecillas de la revuelta y la marinería arrojó por la borda a los oficiales, tomando el control del barco. Los marineros acordaron dirigirse a Odesa, ciudad que hoy pertenece a Ucrania pero que, por aquel entonces, era uno de los puertos más importantes del imperio zarista. La ciudad era pasto de una rebelión que desencadenó un pavoroso incendio. Los tripulantes del Potemkin rechazaron desembarcar para ayudar a los rebeldes y, ante la presión del ejército leal al zar, decidieron navegar hacia la ciudad rumana de Constanza, donde se rindieron.

El acorazado Potemkin tras su rendición en el puerto rumano de Constanza.

Eisenstein plantea un final distinto para la revuelta, puesto que en el filme se fantasía con que el ejército zarista se une a los rebeldes, triunfando la revolución en Odesa. Esta no es la única licencia que se toma el director, puesto que la escena de la escalera Richelieu de Odesa (hoy llamada escalera Potemkin), no es sino pura ficción. Esta escena es uno de los momentos cumbre de la historia del cine (en el video siguiente), habiendo sido recreada en múltiples filmes de toda época y nacionalidad. En ella, Eisenstein recrea como las tropas zaristas reprimen a la multitud que se congrega en las escaleras que presiden el puerto de la ciudad ucraniana para vitorear a los marineros rebeldes. El ritmo conseguido por Eisenstein y la perfección técnica del montaje, en que cada plano posee una composición basada en la proporción áurea, justifica que la escena haya pasado a la historia del cine.

La escena ha sido recreada hasta la saciedad por directores de toda época y nacionalidad, desde en la cáustica distopía Brazil (Terry Gilliam, 1985) hasta en varios episodios de Los Simpson, pasando por El padrino (Francis F. Coppola, 1972); sin embargo, quizás el homenaje más claro al filme sea la escena que sigue de la película Los intocables de Elliot Ness (Brian de Palma, 1987).

Sin embargo, El acorazado Potemkin es mucho más que la escalera de Odesa. Es un filme con escenas tan bellas como el amanecer en el puerto (que sirve de preludio a las escenas violentas) y otra de las escenas que constituyen un hito de la historia del cine, en este caso debido debido a su iluminación y a la composición, la del sueño de los marineros. Otra de las peculiaridades del filme es el uso de símbolos, como la exagerada importancia que se confiere a las gafas, que constituyen las señas de identidad de numerosos personajes a lo largo de la cinta. A pesar de su tono panfletario y propagandístico, el director evita el uso de planos subjetivos, de manera que la cámara siempre se sitúa fuera de la acción. De esta manera, la emoción en el espectador viene suscitada por el ritmo y la composición de las imágenes, y no tanto por la empatía de los espectadores con los personajes.

Uno de los motivos por los que El acorazado Potemkin ha pasado a la historia del cine es la composición de algunas escenas, como esta del sueño de los marineros, en que las lineas de las hamacas se entrecruzan formando complejas figuras geométricas.

A pesar de su importancia actual, el filme no cosechó un gran éxito fuera de la URSS. Esto se debió, en parte, a que fue prohibida en varios países, entre ellos España, donde no se pudo ver, oficialmente, hasta 1976, si bien es cierto que se organizaron algunos pases en festivales, dada la innegable calidad del filme. Asimismo, en la propia URSS, el régimen estalinista despreció y marginó al director y a su obra, acusándolo de traidor.

El amanecer en el puerto de Odesa, preludio de los terribles hechos que se narran en la película.

Hoy en día El acorazado Potemkin se ha rehabilitado como lo que es en realidad: una de las cumbres de la historia del cine por su perfección formal, por su influencia en directores posteriores y por ser un documento excepcional de una de las épocas más convulsas de la Historia: la Revolución Rusa, que constituyó el tránsito sin solución de continuidad entre un sistema feudal y una dictadura comunista.

 

Antón L. Martínez

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