Fernando Rey: los juegos del destino

Hoy en día es bastante habitual que actores españoles den el salto a EEUU. Sin embargo, hubo una época no muy lejana en que España parecía cerrada casi con candado y pocos españoles lograban debutar más allá de los Pirineos. Uno de los actores que lo consiguió con mayor éxito fue el coruñés Fernando Rey. Aunque si los acontecimientos hubiesen sucedido de otra manera, conoceríamos a Fernando Rey no por sus películas, sino por sus edificios.

 

 

Fernando Casado Arambillet nació en A Coruña el 20 de septiembre 1917. A raíz de los frecuentes cambios de destino de su padre, oficial de artillería, la familia se trasladó primero a Segovia y, más tarde, a Madrid. Sería en esta ciudad, mientras estudiaba arquitectura, donde el joven Fernando debutaría en el cine. Lo haría de la mano de Benito Perojo como extra en la película Nuestra Natacha; la cinta nunca fue estrenada y se perdió durante la Guerra Civil Española. Al igual que esta película, la vida relativamente cómoda de Fernando se vio truncada por la contienda. Su alistamiento en el bando republicano y la lealtad de su padre al gobierno de la República como asesor militar de Manuel Azaña condenaron al joven Fernando al encierro en un campo de prisioneros primero y, posteriormente, a tener que abandonar los estudios y ponerse a trabajar en el difícil Madrid de la postguerra. En ese momento, el cine era uno de los campos en que una persona con un expediente como el de Fernando lo tenía más fácil para trabajar.

 

El teniente coronel Fernando Casado Veiga, padre de Fernando Rey

 

Los comienzos no fueron fáciles, con pequeños papeles secundarios sin texto, ganando un sueldo miserable en una profesión para la que no tenía ninguna vocación. Ya a mediados de los años 40 consigue su primer papel con voz en Eugenia de Montijo de López Rubio. Sería su característica voz la que le sirvió para ampliar sus expectativas laborales como doblador de Tyrone Power, Gary Cooper, Cary Grant y Laurence Olivier. La necesidad de incrementar sus ingresos le llevó a probar suerte en el teatro. En esta época, por presiones de un empresario teatral, Fernando Casado se convirtió en Fernando Rey, adoptando el segundo apellido de su madre. Según confesaría años después, la posibilidad de recibir una herencia también tuvo que ver con el cambio de apellido.

A partir de ese momento, su carrera fue un despegue acelerado. Su primer gran papel cinematográfico fue en 1948 en la película Locura de Amor de Juan de Orduña, haciendo el papel de Felipe el Hermoso, esposo de Juana la Loca. Durante los años 50 participa en películas como Bienvenido, Míster Marshall (1953) de Luis García Berlanga, Marcelino, pan y vino (1955) de Ladislao Vadja o en Sonatas (1959) de Juan Antonio Bardem.

A raíz de Sonatas, Fernando Rey entraría en contacto con Luis Buñuel. El propio director confesaría posteriormente que lo que más le impresionó de la película fue la habilidad de Fernando Rey para hacer de muerto. De esta manera llegaría su consagración internacional de la mano del aragonés en Viridiana (1961) y el inicio de una relación personal y profesional que duraría hasta la muerte de Buñuel. Fernando Rey intervendría también en Tristana (1970), El discreto encanto de la burguesía (1972) y Ese oscuro objeto del deseo (1977), última película del director.

 

 

Paralelamente, Fernando Rey participaría en películas italianas, inglesas y norteamericanas. Destacable su colaboración con Orson Welles en Campanadas a Medianoche (1965) y su papel en la ganadora de cinco premios Óscar The French Connection (1971) de William Friedkin. La participación de Fernando Rey en esta última película fue totalmente casual, puesto que el director quería contratar a Francisco Rabal, al que había visto en Belle de Jour (1967) de Buñuel, pero contrató a Fernando Rey por error. Su fama fue tal que incluso Francis Ford Coppola llegó a valorar al actor para el papel de Vito Corleone en El Padrino. Estos años también se verían jalonados de premios cinematográficos: Cannes, San Sebastián, así como el premio Goya al mejor actor protagonista en 1989 por su papel en Diario de Invierno. Prácticamente siguió trabajando hasta su muerte, acaecida en Madrid el 9 de marzo de 1994.

Antón L. Martínez
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