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Los santos inocentes: una reflexión sobre la violencia

Delibes es el gran escritor del rural en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Nadie como él ha sabido reflejar la esencia del páramo. Por ello no es inexplicable que haya sido adaptado al cine más de una decena de veces. Los santos inocentes (estrenada en 1984) es una de las pocas películas que están a la altura de la novela en que se basan,  ya no solo en el cine español, sino en el panorama internacional. Ello se debe a la maestría de uno de los grandes directores españoles: Mario Camus, que supo leer y entender como nadie a Miguel Delibes.

Miguel Delibes (1920-2010)

Los santos inocentes (1981) es una novela no demasiado extensa que narra la vida de una familia de siervos en la Extremadura de los primeros años de la década de 1960. Refleja con desgarro y crudeza la relación entre las clases sociales en un ambiente rural no demasiado diferente de la Edad Media, contrastando la miseria y la incultura en la que viven los siervos con la opulencia y el desprecio de los señoritos. A pesar de su dureza, la novela fue un gran éxito en su tiempo y es considerada una de las mejores novelas del siglo XX en España. Por ello no es sorprendente que unos meses después de su edición, un equipo de guionistas dirigidos por Mario Camus se plantease escribir un guión para adaptarla al cine.

Toda la obra de Miguel Delibes muestra un gran respeto por la naturaleza. La novela Los santos inocentes está dedicada a Félix Rodríguez de la Fuente, fallecido en un accidente de avioneta poco tiempo antes de su publicación.

La novela se divide en seis episodios (los cuatro primeros presentan a los personajes y la situación y los dos últimos narran una serie de circunstancias que conducen al desenlace de la acción). Para adaptarla al cine, se redujeron los episodios a cuatro y se eliminaron personajes y situaciones. La película está planteada a modo de flashback: la acción es narrada por los personajes jóvenes (Quirce y Nieves) diez años después, a principios de la década de 1970.

La familia protagonista al completo: de izquierda a derecha Quirce (Juan Sánchez), Nieves (Belén Ballesteros), La Niña Chica (Susana Sánchez), Régula (Terele Pávez), Paco el Bajo (Alfredo Landa), Azarías (Paco Rabal) y la milana bonita. Ninguno de los tres jóvenes desarrolló carrera dramática.

Una de las primeras sorpresas del filme se encuentra al inicio: por las condiciones de vida de los protagonistas en las primeras escenas parece que estamos en una época muy remota…, hasta que aparece un coche y entendemos que estamos hacia 1960. Paco el Bajo (Alfredo Landa) y su mujer, Régula (Terele Pávez), viven miserablemente en una choza con sus tres hijos: Quirce, Nieves y La Niña Chica (una niña incapaz de moverse y de hablar). Se encuentran a las órdenes de los señores del cortijo sufriendo todo tipo de humillaciones. Un día, aparece por el cortijo el hermano de Régula, Azarías (Paco Rabal), disminuido psíquico que ha sido despedido por otra familia para la que trabajaba y que tiene una gran facilidad para amaestrar pájaros. La espiral de humillaciones y de opresión va subiendo, hasta la brutal escena final, en la que la violencia estalla sin remedio. Es tal la situación de la familia de Paco el Bajo que, en el estreno de la película, el público prorrumpió en una ovación y en vítores en esta escena final. Al ambiente crudo contribuye una fotografía en tonos ocres de Hans Burmann, técnico alemán pero con gran experiencia en cine español. También es importante el papel de la música, compuesta por Antón García Abril pero interpretada por mediante instrumentos tradicionales como el rabel (una especie de violín o viola de origen árabe), la botella labrada, el almirez o el tamboril; esto le confiere una gran sobriedad dramática y un profundo realismo a la película.

La película supuso una conmoción a principios de la década de 1980, en una España en plena transformación durante el primer gobierno de Felipe González. Fue un enorme éxito en taquilla, recaudando 500 millones de pesetas, una cifra exorbitante para la época. Además fue aclamada por la crítica y Alfredo Landa y Paco Rabal consiguieron, ex aequo, el premio a la mejor interpretación masculina en el festival de cine de Cannes.

Los santos inocentes refleja un conflicto entre clases sociales, pero realmente va mucho más allá. Es una reflexión sobre las condiciones de vida que abocan al servilismo de unos frente a la indiferencia de otros. También muestra un conflicto generacional: entre los siervos, los adultos (Paco y Régula), que están resignados al servilismo (a mandar, señorito, que para eso estamos), mientras que los hijos (Quirce y Nieves) se rebelan y logran huir de ese sistema. En el medio está Azarías, que vuela como sus pájaros y cuya máxima preocupación es el bienestar de su milana bonita. Entre los señoritos destaca por su brutalidad el personaje encarnado por Juan Diego, el señorito Iván, que trata a Paco como si fuese un animal o una atracción de feria. Contrasta con la marquesa (Mary Carrillo), cuyo desprecio se traduce en condescendencia con los siervos en una de las escenas más humillantes de la película. Entre los siervos y los señoritos está el oscuro personaje del administrador, encarnado por Agustín González, que reproduce la misma relación: trata a los que están por encima con servilismo y es absolutamente despótico y brutal con los siervos.

El señorito Iván (Juan Diego) y sus amigos de cacería.

La marquesa (Mary Carrillo) ofreciendo limosnas a sus siervos.

Los santos inocentes es una película imprescindible para entender un país que todavía arrastra las consecuencias de una sociedad como la que presenta la película: en la que unos están arriba y otros abajo sin cuestionarse ninguno su posición.

 

Antón L. Martínez
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