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Historia del musical: desde The jazz singer a La La Land

Hacía mucho tiempo que una película musical no alcanzaba los niveles de éxito y repercusión de La La Land. En los últimos años los gustos del público parecían haberse apartado un poco del musical…, aunque la popularidad de La La Land puede suponer un renacimiento de este género.

Ya en la década de 1920 se grababan cortos musicales con el denominado sistema Vitaphone, consistente en la reproducción de discos sincronizada con la proyección de una película. El sistema es bastante impreciso, pues en no pocas ocasiones se descoordinaban sonido e imagen. La gran revolución llegó al cine con El cantor de jazz (Alan Crosland, 1927), considerado el primer largometraje sonoro. Esta película musical se realizó para lucimiento del cantante Al Jolson, que interpreta varias canciones en el film.

Al Jolson con la cara teñida de negro en un fotograma de El cantor de jazz.

A partir de ese momento, a la vista de la gran aceptación del cine sonoro entre el público y los continuos avances técnicos para registrar y sincronizar el sonido con la imagen, se produjo una eclosión del género musical. Esta fiebre se refleja en el argumento de la película Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952). Como curiosidad, la mayoría de las canciones de esta cinta no son originales, sino que algunas son temas populares en esos años y otras pertenecen a musicales de principios de la década de 1930 (incluida la icónica canción que da nombre al filme, como se puede ver en el video al final de este párrafo). Muchos de estos musicales tienen un interés puramente anecdótico, pero otros revisten gran importancia por sus avances técnicos o por su repercusión. Por ejemplo, Melodía de Broadway (Harry Beaumont, 1929), primer musical en ganar un Óscar, o La calle 42 (Lloyd Bacon, 1933), una de las mejores obras del coreógrafo Busby Berkeley. También en esta época las películas de los hermanos Marx como Sopa de Ganso (Leo McCarey, 1933) o Un día en las carreras (Sam Wood, 1937) contienen secuencias de baile y canciones.

La década de 1930 fue pródiga en musicales en EEUU, quizás porque este tipo de películas permitían al espectador evadirse de la realidad de la crisis económica mediante argumentos intrascendentes y ambientes sofisticados. Es entonces cuando surgió la figura de Fred Astaire, uno de los grandes bailarines del siglo XX que, junto con su pareja de baile, Ginger Rogers, marcaron una época. Fred Astaire y Ginger Rogers protagonizaron películas como La alegre divorciada (Mark Sandrich, 1934) y Sombrero de copa (Mark Sandrich, 1935): filmes casi sin argumento pero con unos números musicales que ya han quedado para la Historia.

A finales de la década de 1930 empezó a generalizarse el cine en color y, en esos años, triunfa Judy Garland, la malograda estrella infantil de la Metro, protagonista de El mago de Oz (Victor Fleming, 1939) y Cita en San Luis (Vincente Minnelli, 1944), auténticos hitos del cine americano.  Los primeros papeles protagonistas de otro bailarín legendario, Gene Kelly datan de mediados de los años 40. Este actor, director y coreógrafo, con un estilo de baile más atlético que el de Astaire, revolucionó el cine americano en la siguiente década. Sus películas más destacables son Un día en Nueva York (Gene Kelly y Stanley Donen, 1949), Un americano en París (Vincente Minnelli, 1951) y Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly y Stanley Donen, 1952). Finalmente, la década de 1950 se cierra con Gigi (Vincente Minnelli, 1958), y con esta película, que obtuvo nueve Óscars, finaliza según algunos críticos la edad de oro del cine musical americano.

En la década de 1960 los gustos cambian: los espectadores comienzan a exigir argumentos menos edulcorados en contraste con los musicales de las décadas anteriores, en los que primaba el aspecto visual aderezando una historia de amor. En estos años destacan musicales como West Side Story (Robert Wise, 1961), My fair lady (George Cukor, 1964), Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965), y Oliver! (Carol Reed, 1968), todos ellos son adaptaciones de producciones teatrales (de Broadway las tres primeras y del West End londinense Oliver!). Mientras que en EEUU el género vive una ligera decadencia, en la Francia de la Nouvelle Vague el director Jacques Demy realiza uno de los homenajes más sentidos al cine musical americano con Las señoritas de Rochefort (1967), contando con Gene Kelly como co-protagonista. Otra película decisiva de la década de 1960 que reúne las características del cine musical es Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), que lanza al estrellato a Julie Andrews. A finales de la década de 1960 entra en escena la actriz Barbra Streisand con películas como Funny Girl (William Wyler, 1968) o Hello Dolly! (Gene Kelly, 1969).

Mención aparte merecen las películas dedicadas a estrellas de la canción como Elvis Presley o The Beatles, que empiezan a generalizarse en esos años.

A partir de la década de 1970 el cine musical cambia de nuevo al mismo tiempo que lo hacen los gustos de los espectadores. Así, las películas musicales que se dirigen en esta época emplean la música como pretexto para tratar otros temas de mayor calado. De este modo, se realizan filmes como El violinista en el tejado (Norman Jewison, 1971), sobre los sufrimientos del pueblo judío en la Rusia de los últimos zares; Cabaret (1972), mostrando el advenimiento del nazismo, o All that jazz (1979), sobre la crudeza del mundo del espectáculo. Estas dos últimas películas están dirigidas por Bob Fosse, quizás el último director especializado en musicales. También de la década de 1970 datan dos películas que han marcado una época: Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977) y Grease (Randal Kleiser, 1978), que impulsaron la carrera de John Travolta. Otro filme musical destacado de la época es Jesucristo Superstar (Norman Jewison, 1973), basado en la ópera rock de Andrew Lloyd Webber, muy controvertido en España y en otros países de fuerte raigambre católica por reflejar a un Jesucristo más humano que el presentado por la tradición cristiana occidental.

Durante las décadas de 1980 y 1990 el género entra en decadencia y no llega a alcanzar la popularidad de épocas pasadas. Algunos ejemplos de películas musicales de estos años son Annie (John Huston, 1982), Victor/Victoria (Blake Edwards, 1982), Evita (Alan Parker, 1996) o la deliciosa (y delirante) Todos dicen “I love you” (1996), dirigida por Woody Allen, que constituye todo un homenaje al género contando con primeros actores no acostumbrados a bailar ni a cantar, como muestra el siguiente número musical protagonizado por un patoso Edward Norton.

Curiosamente, a partir de finales de la década de 1980, la factoría Disney toma el relevo produciendo películas como La bella y la bestia (Kirk Wise y Gary Trousdale, 1991) o El rey león (Bob Minkoff y Roger Allers, 1994), inspiradas en los musicales del Hollywood clásico y que, posteriormente, han sido representadas en teatros de todo el mundo.

El nuevo siglo parece que está siendo testigo de un retorno del musical. Cintas como Bailando en la oscuridad (Lars von Trier, 2000), Moulin Rouge! (Baz Luhrmann, 2001), Chicago (Rob Marshall, 2002) o Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet (Tim Burton, 2007) así lo certifican. En el año 2016 se estrena La La Land (Damien Chazelle), una de esas películas homenaje con que de vez en cuando nos sorprende el séptimo arte. Este musical supone una vuelta a los orígenes de un género que se pensaba casi extinguido y contiene múltiples guiños a muchos de los musicales citados en esta entrada. Esta por ver si La La Land es un hito aislado o si estamos a las puertas de una segunda edad de oro del cine musical. A la vista de la aceptación de la que ha gozado la película parece que el público se decanta por lo segundo. Ahora la pelota está en el tejado de las productoras, que son las que deciden si volcar esfuerzos en un género como el musical es un riesgo…, o no…

Antón L. Martínez
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