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De como un tiburón se merendó al viejo Hollywood

En cualquier trayectoria se producen cambios de rumbo inesperados. Tanto las vidas humanas como los proyectos pueden tomar una nueva dirección a raíz de unas circunstancias imprevistas. Eso mismo le pasó al cine americano en la década de 1970: se produjo un revolución que iba a modificar totalmente el cariz de las películas que salían de los estudios. A principios de esa década, dos películas atraerían a cantidades inauditas de espectadores (con unos beneficios también nunca antes vistos): El padrino (F.F. Coppola, 1972) y El exorcista (W. Friedkin, 1974). Ambas, realizadas por dos jóvenes directores, parecían indicar que algo estaba cambiando en la industria cinematográfica y que una nueva generación llamaba a las puertas del cine. De todas maneras, el éxito de ambas películas iba a quedar eclipsado por la repercusión de otra cinta: Tiburón (S. Spielberg, 1975).

La película Tiburón se titula, en su versión original en inglés, Jaws, es decir, fauces o mandíbulas.

A mediados de la década de 1970, Steven Spielberg (1946- ) era considerado como un niño prodigio. Aquel director de una familia judía de clase media y totalmente autodidacta ya había sido capaz de realizar dos películas de cierto éxito: El diablo sobre ruedas (1971) y Loca evasión (1974). Su sueño desde la adolescencia era dirigir una cinta de ciencia ficción sobre contactos entre extraterrestres y seres humanos (que estrenaría años más tarde bajo el título Encuentros en la tercera fase). Sin embargo, veía que ningún estudio se arriesgaría a poner el dinero necesario para ello en manos de alguien tan joven. De esta manera, pensaba que si era capaz de dirigir con acierto un filme comercial, Hollywood le permitiría realizar más adelante proyectos personales.

Steven Spielberg y el tiburón, al que llamó Bruce en honor a su abogado.

En aquellos tiempos se encontraba entre los más vendidos en EEUU un librito llamado Tiburón de un tal Peter Benchley. La novela, inspirada en hechos reales, trata sobre los ataques de un tiburón blanco a los bañistas en una idílica localidad costera, Amity, y los intentos de tres hombres por darle caza. Además de con el tiburón, estos tres hombres tendrán que luchar contra unas autoridades que no quieren que cunda el pánico y que intentan, por todos los medios, ocultar la peligrosidad del escualo, aún a riesgo de poner en peligro la vida de los bañistas.

La novela Tiburón bebe directamente de Moby Dick de Herman Melville, que narra como un marinero, el capitán Acab, busca obsesivamente cazar una gran ballena blanca. También se observa la influencia de la obra de teatro Un enemigo del pueblo, del noruego Henrik Ibsen, en que un médico es presionado por sus vecinos para que no revele que las aguas de un balneario son peligrosas para los bañistas, puesto que esto espantaría al turismo.

Antes de su publicación, la productora Universal ya había comprado los derechos del libro; sin embargo, parecía que su adaptación cinematográfica no iba a ser sencilla. Spielberg no fue la primera elección de los responsables de la Universal, puesto que otros directores declinado el encargo. El autor de la novela, Peter Benchley, había elaborado un primer guión que Spielberg rechazó de malas maneras diciendo que le resultaba más simpático el tiburón que el resto de personajes. Para los papeles principales de los tres hombres que persiguen al tiburón, Spielberg no quiso a actores consagrados. Apostó por Roy Schneider, nominado al Óscar como actor secundario en The French Connection, para encarnar al policía Martin Brody; por Robert Shaw, secundario en multitud de filmes clásicos (Robin y Marian, Un hombre para la eternidad, El golpe…), para el papel del caza-tiburones Sam Quint, y por Richard Dreyfuss para interpretar al bisoño biólogo marino Matt Hopper. En un primer momento, Dreyfuss pensó en rechazar el papel; sin embargo, a raíz de una fuerte crisis personal, acabó por aceptar el encargo puesto que se veía a sí mismo como un actor acabado y no quería dejar pasar ninguna oportunidad laboral. Para el tiburón, se diseñaron varios autómatas de plástico, una vez que a Spielberg le explicaron que los tiburones no se podían amaestrar como los delfines o las focas.

Antes de iniciar el rodaje del filme, Spielberg le mostró a su amigo George Lucas el tiburón de plástico que iba a emplear en la película. Lucas introdujo su cabeza entre las fauces del escualo y estas se cerraron y se bloquearon, de modo que estuvo varias horas sin poder moverse. Sin duda, una premonición del cariz del rodaje.

El rodaje fue un auténtico desastre: no se contrató definitivamente a todos los actores hasta después de iniciada la filmación; el guión no funcionaba y tenían que ir improvisando día a día; los autómatas se estropearon varias veces, se hincharon con el agua e, incluso, en una ocasión uno de ellos se hundió. Spielberg, empeñado en rodar en alta mar, motivó que el tiempo de rodaje aumentase de modo exagerado (al igual que el presupuesto del filme, que se triplicó). Llegó un momento en que cundió el desánimo e incluso los actores empezaron a calificar de bodrio el proyecto. Para empeorar las cosas, el primer visionado de las escenas rodadas fue frustrante: los planos no eran coherentes (en una misma escena podía haber planos con sol y con lluvia), y se veía claramente que el tiburón era un trozo de plástico. Este problema se solucionó de modo magistral: las escenas con el tiburón se rodaron desde el punto de vista del escualo, incrementando la tensión visual (inspirándose en las películas de Hitchcock). Además, el director decidió centrar la trama en los conflictos que surgen entre los tres personajes y en sus conversaciones, dosificando las escenas en exteriores, algunas de las cuales producen verdaderos sobresaltos. Este enfoque permite perfilar de una manera muy exhaustiva los caracteres de los personajes, a la vez que incrementa el suspense en la película. Una de las escenas más acertadas de todo el filme es el escalofriante relato de Sam Quint sobre el hundimiento del barco Indianapolis en el Pacífico durante la II Guerra Mundial, recogido en el siguiente video:

Otro de los mayores aciertos del filme es la banda sonora compuesta por John Williams. El tema principal, que acompaña a los ataques del tiburón, es uno de los más conocidos (y de los más escalofriantes) de la historia del séptimo arte.

La película resultó un enorme éxito: recaudó 470 millones de dólares, algo inaudito. Esto se debió a una campaña publicitaria sin precedentes en que jugó un papel muy destacado la televisión y el merchandising. Como en el caso de El Exorcista, el departamento de publicidad de la Universal difundió rumores de ataques de ansiedad, desmayos y demás. Ciertamente, el éxito del filme fue una sorpresa para todos, empezando por los ejecutivos de la productora que no contaban con que cubriera los gastos. El filme fue nominado al Óscar a mejor película, pero Spielberg no recibió candidatura a mejor director, algo que le molestó mucho. La cinta recibió tres premios Óscar: por el sonido, por el montaje y, por supuesto, por la banda sonora.

Tiburón supuso el primer taquillazo de la historia del séptimo arte y, desde ese momento, los espectadores empezarían a buscar espectáculo en las salas de cine. Parecía que el éxito de esta cinta iba a ser insuperable, pero dos años después, desde una galaxia muy muy lejana, llegaría otra película que empequeñecería la repercusión de Tiburón…, pero eso es otra historia.

Antón L. Martínez
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