Secundarios dorados del cine español

El cine español ha hecho, en muchas ocasiones, de la necesidad virtud. Una de las muchas limitaciones que ha tenido ha sido la exigüidad de la plantilla de actores disponibles. Es cierto que esto ha ocasionado que muchos actores hayan sido encasillados en determinados papeles y que, a veces, los directores fueran reacios a explorar nuevos registros en grandes intérpretes. Pero tampoco es menos cierto que algunos actores han pasado ya al imaginario popular por esos papeles que han repetido hasta la saciedad (Chus Lampreave o Gracita Morales resultan ejemplos de ello). En esta entrada vamos a repasar brevemente la carrera de cuatro grandes actores secundarios del cine español que, de una manera u otra, ya forman parte de la historia.

 

Rafaela Aparicio  (1906-1996)

Rafaela Díaz Valiente nació en Marbella en 1906 en una familia sin vinculación con el teatro (su padre era marino mercante); de hecho, estudió magisterio y ejerció esa profesión durante dos años. Sin embargo, la muerte de su madre cuando ella tenía 23 años motivó a su padre a abandonar el mar y a ejercer como empresario teatral y taurino. Fue en ese momento cuando Rafaela debutó sobre las tablas integrándose en una compañía de teatro itinerante. Su primer papel cinematográfico (como extra) lo consiguió en la película Nobleza baturra (Florián Rey, 1935). En sus primeros años fue encasillada en papeles de chacha, explotando su gracejo andaluz y su actitud (y aspecto) maternal. Sería Fernando Fernán Gómez quien, en 1958, le daría la oportunidad de explorar nuevos registros en filmes como La vida por delante (1958) o El extraño viaje (1964). A partir de ese momento, otros directores recurrieron a ella como Carlos Saura en Mamá cumple cien años (1979), Victor Erice en El sur (1983) o Fernando Colomo en La vida alegre (1986). A pesar de su extensa carrera cinematográfica, Rafaela Aparicio no abandonó el teatro e incluso hizo sus pinitos en televisión. Una gran cantidad de premios jalonaron los años finales de su carrera (dos premios Goya, medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos, Premio Nacional de Cinematografía…). En 1994 abandonó la interpretación, puesto que se empezaron a manifestar los primeros síntomas de una demencia que le hacía creer que tenía que acudir al teatro. Falleció en 1996 y, a pesar de su enorme popularidad, casi ningún compañero de profesión acudió a su entierro.

 

Manuel Alexandre  (1917-2010)

La carrera de Manuel Alexandre condensa siete décadas de cine español puesto que empezó a trabajar en el medio muy joven y prácticamente siguió actuando hasta su muerte con 92 años. Manuel Alejandre Abarca nació en Madrid, iniciando estudios de Derecho para luego saltar a Periodismo, aunque la Guerra Civil Española truncó su carrera como periodista. En la Universidad entró en contacto con el mundo del teatro a través de la declamación; su primera experiencia sobre las tablas tuvo lugar durante la contienda de manera casual: acompañaba a un miliciano a una prueba para una función teatral de la CNT y le ofrecieron a él el papel. Fue en esos años cuando conoció a Fernando Fernán Gómez, quien fue su amigo durante toda su vida. En 1947 inició su carrera cinematográfica en Dos cuentos para dos de Luis Lucía. Fue uno de los actores fetiche de Luis García Berlanga, interpretando papeles en casi todas sus películas (Bienvenido, Mister Marshall, Calabuch, Plácido, El verdugo…). También se le recuerda por sus actuaciones en películas como Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956) o Atraco a las tres (José María Forqué, 1960). Posteriormente, el director José Luis Cuerda también lo convirtió en su actor fetiche con cintas como El bosque animado (1987) o Amanece que no es poco (1989). A pesar de su extensa carrera cinematográfica, trabajó también con mucha frecuencia en televisión y sin abandonar nunca el mundo del teatro. Ciertamente fue encasillado en papeles cómicos debido a su voz temblorosa con la que disimulaba el nerviosismo, aunque también era capaz de interpretar brillantemente papeles dramáticos.

 

Gracita Morales  (1928-1995)

A pesar de haber encarnado siempre papeles cómicos, Gracita Morales tiene en su haber una de las biografías más trágicas del cine español. Hija de un empresario teatral madrileño, su vocación desde niña había sido la danza. A los 20 años, por consejo médico, hubo de cambiar la danza por la interpretación, integrándose en varias compañías teatrales y especializándose en papeles cómicos por su característica voz atiplada (como se puede ver en el video inferior).

Durante las décadas de 1950 y 1960 trabajó extensivamente en el cine, encarnando casi siempre papeles de chacha y con una clara vis cómica. Destacan sus interpretaciones en Atraco a las tres (José María Forqué, 1960), ¡Cómo está el servicio! (Mariano Ozores, 1968) y Sor Citroën (Pedro Lazaga, 1967). En esta última película compartió reparto con Rafaela Aparicio, al igual que en otras cintas, puesto que ambas se especializaron en papeles similares. A diferencia de la Aparicio, ningún director le dio la oportunidad a Gracita Morales de explorar nuevos registros. Así, a partir de la década de 1970 sus apariciones cinematográficas se fueron espaciando más y más. Ello, unido a una separación traumática de su marido, motivaron que Gracita se internase en una espiral de problemas psiquiátricos y neurofármacos de la que nunca llegó a salir, muriendo sola y olvidada en 1995. Pedro Almodóvar dijo de ella que pertenecía a una a la casta genial de actores atípicos que hacen las cosas de un modo radicalmente personal.

Gracita Morales en su último papel. Realizó un cameo en la serie de Antena 3 Los ladrones van a la oficina un año antes de su fallecimiento.

 

Chus Lampreave  (1930-2016)

Chus Lampreave constituye otro ejemplo de carrera marcada por las circunstancias. Madrileña de nacimiento, su vocación juvenil era la pintura, pero durante un curso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando conoció a Elena Santonja, esposa del director Jaime de Armiñán. A través de ambos entró en contacto con el mundo del cine. Sus primeros papeles los interpretó en la década de 1950 en películas de corte neorrealista dirigidas por Marco Ferreri. También trabajó en esos años con Berlanga, en películas como El verdugo (1963) o las tres películas de la Trilogía Nacional. De todas maneras, su consagración llegaría de la mano de Almodóvar en la década de 1980.

Chus Lampreave con apenas treinta años en El pisito (Marco Ferreri, 1959).

Almodóvar siempre le asignó papeles inspirados en su propia madre. De hecho, muchas de las frases y expresiones que Chus Lampreave utiliza en estas películas son giros manchegos que Almodóvar oyó en su casa. Es más, en la película ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), hay una escena en que Chus Lampreave y la madre de Almodóvar mantienen una conversación. Uno de sus papeles más recordados es el de la portera testiga de Jehová en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1998), película a la que pertenece la escena del video inferior. En 2006 recibió, ex aequo con el resto de intérpretes femeninas de Volver, el premio a la mejor interpretación en el Festival de Cannes. Su habilidad para interpretar papeles cómicos escondía una biografía trágica: la muerte de su hija a principios de la década de 1990 fue un mazazo que nunca llegó a superar. Falleció en 2016 realizando su última aparición cinematográfica en la quinta entrega de la saga Torrente de Santiago Segura.

 

Antón L. Martínez
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