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Neorrealismo: el cine como altavoz

Italia ha realizado contribuciones fundamentales en la historia del arte. Desde el papel de Roma como eje transmisor de la cultura clásica por toda Europa, hasta su protagonismo en las vanguardias con personajes de la talla del escritor futurista Marinetti, pasando por su papel como origen del Renacimiento. Pero Italia también ha tenido un protagonismo esencial en la historia del cine como cuna del denominado Neorrealismo, que tuvo su momento cumbre entre los años 1945 y 1954. El Neorrealismo fue un movimiento cinematográfico que, alejándose de los artificios del cine anterior a la Segunda Guerra Mundial, buscaba reflejar de la manera más veraz posible la miseria del día a día en la Italia devastada por la guerra y sus consecuencias. Aunque se generó en Italia, esta corriente cinematográfica también ejerció una profunda influencia en el cine de otros países, entre ellos la India, América Latina y, por supuesto, España.

La destrucción de la abadía de Montecasino, fundada en el siglo VI, es un ejemplo de la devastación causada por la Segunda Guerra Mundial en Italia.

Durante la Italia fascista el cine se había decantado por películas de tipo escapista (las denominadas comedias de teléfono blanco), propiciando Mussolini la construcción de los inmensos estudios de Cinecittà. En aquellos años se formó una generación de directores italianos muy influenciados por el cine francés. La Segunda Guerra Mundial fue devastadora para Italia al ser uno de los escenarios bélicos de la contienda en un conflicto que adquirió, en algún momento, tintes de Guerra Civil. Al finalizar la guerra, el país estaba devastado, al igual que los estudios. Fue en ese momento cuando realizadores como Rossellini y Visconti decidieron sacar sus cámaras a la calle para rodar la miseria que les rodeaba, como si de un documental se tratase, realizando filmes con fuerte carga social. Las películas neorrealistas no dejan margen para el artificio ni para argumentos complicados. Las tramas se simplifican hasta casi desaparecer, dándose importancia a hechos tan cotidianos como preparar un desayuno en medio de la escasez de la Italia de postguerra. Los escenarios y la ambientación es real, huyendo de los decorados, y, aunque no siempre, muchas películas neorrealistas están protagonizadas por actores no profesionales.

Además de a los directores, el neorrealismo italiano debe gran parte de su calidad artística a la labor de guionistas como la escritora Suso Cecchi d’Amico (en la imagen).

La primera película adscrita plenamente al movimiento neorrealista es Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini, 1945), rodada inmediatamente después de la liberación de Roma por las tropas aliadas. La película narra los últimos días de la dominación nazi en la capital italiana. Es una película trágica, descarnada y con una gran carga de rabia, que refleja la dureza del día a día. Posteriormente, Rossellini dirigiría otra obra maestra del movimiento, la coproducción italiana, alemana y francesa Alemania, año cero (1948).

Una de las escenas más duras de Roma, ciudad abierta: una madre es asesinada delante de su hijo.

Otro de los directores más destacados del Neorrealismo es Luchino Visconti. Visconti había colaborado con el director francés Jean Renoir en el mediometraje Una partida de campo (1936). En 1942 había dirigido Obsesión, cinta considerada como precedente del Neorrealismo. Posteriormente, en 1948, con su filme La tierra tiembla, Visconti se convierte en uno de los máximos exponentes del movimiento. La tierra tiembla narra, en tono de crítica social, las condiciones de vida de los pescadores sicilianos.

Luchino Visconti: uno de los personajes más complejos y geniales del siglo XX.

El tercer gran director neorrealista, junto con Rossellini y Visconti, es Vittorio de Sica. Este genio del cine es el realizador de Ladrón de bicicletas (1948), una de las películas más dramáticas de la historia y un hito cinematográfico a nivel mundial. Ladrón de bicicletas parte de un hecho anecdótico: el robo de una bicicleta por parte de un obrero que la necesita para su trabajo. De Sica dirigió otras cintas enmarcadas dentro del movimiento neorrealista, como Umberto D (1952), que según algunos autores cierra la etapa del movimiento en Italia. A partir de ese año, el cine italiano se orientará hacia otros derroteros, y tanto directores consagrados como Visconti o Rossellini, como Fellini o Antonioni, tomarán como punto de partida el Neorrealismo para explorar nuevos horizontes artísticos.

Los tres protagonistas de Ladrón de bicicletas.

Mientras tanto, directores de todo el mundo se hacen eco de la corriente neorrealista y realizan películas para denunciar la miseria y la dureza de la vida en sus países. Así, en la India recién independizada de Gran Bretaña y sumida en un conflicto entre musulmanes e hindúes, K.A. Abbas escribe los guiones de Los hijos del suelo (1946) y El vagabundo (1951), películas melodramáticas y musicales que recogen influencias neorrealistas y de crítica social.

Fotograma de El vagabundo, película india protagonizada por un personaje inspirado en los filmes de Charles Chaplin.

Mientras tanto, en Latinoamérica, directores como el brasileño Nelson Pereira dos Santos o el cubano Tomás Gutiérrez Alea utilizan la estética neorrealista para denunciar las injusticias sociales en sus países. En México, Luis Buñuel (que siempre rechazó la mirada descarnada del Neorrealismo), rueda Los olvidados (1950), que refleja la vida de unos jóvenes delincuentes en un barrio marginal de México D.F. Por supuesto, el filme de Buñuel incluye escenas oníricas y surrealistas.

Fotograma de Los olvidados, con la pandilla protagonista en plena acción.

¿Y en España? España llega a 1950 devastada por la Guerra Civil y sus consecuencias (las cartillas de racionamiento no desaparecerán hasta 1952). Además, el desarrollismo, que tendría su momento álgido en la década de 1960 con los Planes de Estabilización, ya está propiciando el éxodo de los campesinos que llegan a las grandes ciudades para instalarse en barrios donde viven hacinados, en muchas ocasiones sin contar con los servicios básicos. Sin embargo, la férrea censura impuesta por la dictadura franquista resulta, a priori, un obstáculo insalvable para filmar películas de crítica social. Es en ese contexto donde se realiza una de las películas más singulares del cine español, Surcos (1951) de José Antonio Nieves Conde (una de cuyas escenas se muestra en el video que sigue al párrafo). Surcos narra la historia de una familia campesina que llega a Madrid para instalarse en una corrala de Lavapies. La película toca temas como la descomposición familiar, la miseria, la marginación o la delincuencia. Resulta inaudito que el régimen de Franco autorizase un guión como el de Surcos. El motivo de esta aparente indulgencia de los censores es que tanto el director de la película como sus guionistas (Gonzalo Torrente Ballester y Eugenio Montes) eran personajes muy significados dentro de la Falange y que el guión contiene algunos conceptos que casan con la concepción económica fascista (como la idea de que la ciudad no debe de admitir más inmigrantes por encima de un límite). Posteriormente, también José Luis García Berlanga recogería influencias neorrealistas en sus primeras películas, observándose por ejemplo con claridad en Bienvenido, mister Marshall (1953).

Mientras en una parte significativa del mundo el cine reaccionaba a la miseria económica, social y moral de la postguerra haciéndose eco de las ideas neorrealistas, el cine de EEUU exploraba dos géneros muy diferentes a finales de la década de 1940 y principios de las de 1950: el cine negro y los glamurosos musicales de la MGM. Ambas manifestaciones cinematográficas también constituyen una reacción frente a la dura situación imperante, pero esa es otra historia…

Gene Kelly como Jerry Mulligan en Un americano en París (1951); Humphrey Bogart como Sam Spade en El halcón maltés (1941). Musicales y cine negro fueron las dos manifestaciones del cine americano contra la dureza de la postguerra.

Antón L. Martínez
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