Breve historia del cine 3D

Uno de los hitos cinematográficos más destacables de este siglo XXI es la consolidación del cine en 3D. Sin embargo, el éxito de Avatar (James Cameron, 2009) no fue más que un escalón más en una historia de innovación que arrancó en el siglo XIX, puesto que desde el nacimiento del séptimo arte algunos visionarios intentaron proporcionar a la imagen cinematográfica profundidad para lograr una mayor inmersión del espectador en la película.

Nuestros ojos son como cámaras de video que recogen dos imágenes bidimiensionales ligeramente diferentes al encontrarse en diferente ángulo con respecto a un objeto determinado. Estas diferencias se acentúan cuanto más cerca esté el objeto. A partir de la composición de las dos imágenes, nuestro cerebro nos proporciona la sensación de profundidad, pudiendo percibir los diferentes planos de la imagen. En el cine, al proyectarse la imagen en una pantalla y ser idéntica en los dos ojos, esta ilusión de profundidad se pierde. El cine en 3D se basa en sistemas que permiten que la percepción de la imagen en ambos ojos se realice desde distinto ángulo para conferirle una ilusión de profundidad.

Una misma imagen vista por los dos ojos. La composición de las dos imágenes por el cerebro origina la ilusión de tridimensionalidad.

Antes de la invención del cine, el físico Charles Wheatstone fue pionero en tomar fotografías en 3D hacia 1930. Para ello, desarrolló un aparato capaz de tomar dos imágenes simultáneas desde ángulos ligeramente distintos. El visionado de estas imágenes requería que el sujeto emplease unos binoculares para que su cerebro elaborase la ilusión de profundidad.

Estereoscopio que permite visionar fotografías en 3D.

Ya los pioneros del cine experimentaron con la filmación de imágenes en 3D empleando el sistema diseñado por Wheatstone; sin embargo, la necesidad de emplear unos binoculares para ver la película motivó que estas grabaciones no llegasen a las salas comerciales. Habría que esperar hasta el año 1915 para que se proyectasen las primeras imágenes en 3D en el Teatro Astor de Nueva York. Para esta exhibición se repartieron entre el público gafas con un cristal rojo y otro verde. La película consistía en dos proyecciones simultáneas, una de cada color, rodadas desde diferente ángulo. De esta manera, se lograba la ilusión de tridimensionalidad. Sin embargo, el sistema proporcionaba imágenes borrosas y los espectadores se quejaban de mareos y dolores de cabeza. Hubo que esperar hasta el año 1922, cuando se estrenó el filme El que ella quiere, considerado el primer filme comercial en tres dimensiones. Para este filme se empleó un sistema anaglifo. La película resultó un fracaso y hoy en día engrosa el largo listado de filmes perdidos.

El sistema anaglifo se basa en la proyección de dos imágenes tomadas desde distinto ángulo en dos colores: rojo y azul, y el uso por parte del espectador de unas gafas con un cristal rojo y otro azul o verde. El azul visto a través del filtro rojo se percibe como negro, al igual que el rojo a través del filtro azul o verde.

A pesar de la Gran Depresión, iniciada en 1929, y del boom del cine sonoro después de 1927 (que centró gran parte de los esfuerzos de las compañías cinematográficas), durante la década de 1930 algunos directores se atrevieron a rodar en 3D. Resulta destacable el desarrollo del sistema Stereokino en Rusia hacia 1938. Esta invención permite proyectar películas en 3D sin necesidad de emplear gafas con filtro puesto que la pantalla, al presentar aristas, refleja dos imágenes separadas: una para el ojo derecho y otra para el izquierdo, confiriendo una ilusión de tridimensionalidad. La Segunda Guerra Mundial supuso un freno para la investigación de las compañías cinematográficas que tardarían más de una década en volver a estrenar películas en 3D.

Sistema de rodaje Sterokino soviético.

En la década de 1950 surgió un nuevo competidor para el cine: la televisión. De este modo, Hollywood retomó las investigaciones sobre el empleo de técnicas de tridimensionalidad para intentar atraer a nuevos espectadores a las salas de cine, cada día más desiertas. Una de las innovaciones fue la utilización de película y filtros Polaroid para lograr la sensación de tridimensionalidad en un filme en color. En 1952 se estrenó Bwana, el diablo de la selva que, a pesar de sus fallos de sincronización, resultó un éxito en taquilla y al año siguiente Los crímenes del museo de cera. Esta última cinta supuso un hito en la historia del cine al emplear no solo el 3D, sino también el sonido estereofónico para lograr un efecto envolvente. Durante la década de 1950 se vivió un pequeño boom del 3D, estrenándose casi cincuenta películas empleando sistemas de tridimensionalidad. Entre estas películas filmadas en 3D (aunque posteriormente se proyectó en dos dimensiones) destaca Crimen Perfecto (1954), una de las obras maestras de Alfred Hitchcock.

André De Toth (1912-2002), director de la película en 3D Los crímenes del museo de cera. De Toth, a causa de un accidente en su infancia, era ciego de un ojo y no podía percibir la tridimensionalidad.

Durante la década de 1960, a pesar de que no se estrenaron demasiadas películas en tres dimensiones, se desarrolló un sistema que resultaría vital posteriormente, al emplear un único dispositivo para proyectar filmes tridimensionales. Hay que recordar que todos los sistemas precedentes necesitaban dos proyectores para lograr la sensación de profundidad, con el consiguiente riesgo de desincronización.

Pantalla de una sala con sistema IMAX. Al estar la pantalla curvada, se logra una sensación envolvente para el espectador.

En las décadas de 1970 y 1980 se desarrolló el sistema IMAX, capaz de proyectar imágenes de gran tamaño y resolución, envolviendo literalmente al espectador en la película. El sistema IMAX resultó básico para el desarrollo de las técnicas de proyección en 3D en el siglo XXI. Así, en 2003 el director James Cameron estrenó el documental Misterios del Titanic, empleando un sistema IMAX 3D. Esta película supuso el pistoletazo de salida para el auténtico boom del 3D vivido en la primera década de este siglo, cuyo punto culminante fue la película Avatar (2009), dirigida por el propio Cameron. El enorme éxito de Avatar desató una fuerte controversia: algunos directores como Christopher Nolan manifestaron su rechazo al cine en 3D; otros profetizaron que el sistema tridimensional se iba a universalizar en el futuro como sucedió con el cine sonoro a partir de 1927. Lo cierto es que el boom del cine en 3D que se vivió alrededor del año 2010 parece haberse frenado un poco. Son varios los factores que explican esta ralentización: el principal es el económico, puesto que las películas en 3D son más caras de producir (y esto redunda en un encarecimiento de las entradas). Tampoco ayuda a consolidar el 3D el estreno de películas como Furia de titanes (2010), con un sistema de tridimensionalidad que, en algunas escenas, deja mucho que desear… Lo cierto es que el cine 3D ha llegado para quedarse aunque no parece que vaya a acabar con el cine tradicional en 2D, como la televisión no acabó con la radio ni el libro electrónico con el libro de papel. Puesto que la magia del cine no reside en la pantalla, sino en la mente del espectador.

El director James Cameron (1954-) pretende convertir Avatar en una saga dirigiendo hasta cuatro entregas más. Según algunos medios, en la segunda entrega empleará un sistema de 3D que no va a necesitar el empleo de gafas para lograr la ilusión de profundidad.

Antón L. Martínez
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