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Una ciudad, dos mundos en el cine (con propina vienesa)

Hace unas semanas hablábamos de cómo el cine reflejó la Segunda Guerra Mundial. Hoy vamos a ver cómo se ha mostrado en el séptimo arte una de las consecuencias de la contienda: la división de Berlín en dos sectores, uno perteneciente a la comunista República Democrática Alemana y otro perteneciente a la occidental República Federal de Alemania.

En el verano de 1945, cuando los aliados seguían luchando contra Japón en el Pacífico, las potencias aliadas que habían vencido a Alemania en Europa (EEUU, Reino Unido y la Unión Soviética, básicamente), se reunieron en la ciudad de Postdam para decidir qué hacer con el derrotado país germano. Fue allí donde se decidió la división del país en cuatro zonas bajo dominio de EEUU, Reino Unido, Francia y la URSS. Asimismo, Berlín, que era una islita en medio de la zona bajo dominio de la URSS, fue repartida entre las cuatro potencias. No sería hasta 1949 cuando las tres áreas ocupadas por Francia, Reino Unido y EEUU se unirían formando la RFA mientras que en la zona bajo dominio ruso se crearía la RDA. La guinda al pastel de esta división llegaría en agosto de 1961 cuando, en una sola noche, los comunistas de la RDA con el visto bueno del presidente ruso Nikita Kruschov, alzaron un muro casi infranqueable separando el Berlín Occidental del Oriental. Pasarían casi treinta años hasta que en noviembre de 1989 la caída del Muro de Berlín permitiera el reencuentro de muchas familias y amigos separados por la frontera. El cine ha reflejado en varias ocasiones las diferentes etapas de la división de Berlín, en esta entrada de El Secreto de Berlanga vamos a revisar algunas películas acerca del tema:

El final del muro de Berlín como barrera física tuvo lugar en 1991. La reunificación alemana aún tendría que esperar casi un año.

En 1948 Billy Wilder estrenó Berlín Occidente, una comedia romántica que refleja bastante bien los primeros años de la división de Berlín entre los cuatro sectores ocupados por los ejércitos de los países correspondientes. El filme cuenta el triángulo amoroso que se establece entre una cantante alemana interpretada por Marlene Dietrich, una congresista americana encarnada por Jean Arthur y un militar estadounidense al que da vida John Lund. Parece ser que ya al final de la guerra el gobierno americano había prometido ayuda a Billy Wilder si rodaba un filme con el trasfondo de la ocupación aliada de Alemania. Lo cierto es que Billy Wilder conocía Berlín con detalle: sus años de juventud habían transcurrido en esa ciudad mientras trabajaba como periodista, hasta que tuvo que huir del antisemitismo del partido nazi. Durante el rodaje de la película se produjeron frecuentes tensiones entre el director y Jean Arthur, puesto que la actriz consideraba que existía cierto favoritismo hacia Marlene Dietrich. Ciertamente el filme parece diseñado para lucimiento de la intérprete alemana, quien también se estableció en EEUU y mostró su repulsa hacia el régimen nazi, a pesar de los vanos intentos por parte de éste para que volviese a Alemania.

Billy Wilder volvió a recrear la realidad de Berlín en 1961 con una de las comedias más alocadas de su carrera: Uno, dos, tres. El filme muestra cómo era la ciudad en los días previos a la construcción del muro, en que la puerta de Brandeburgo funcionaba como enlace entre los dos sectores de la ciudad. El filme narra las desventuras de un alto cargo de Coca Cola que recibe el encargo de su jefe de alojar y vigilar a su hija. Durante el rodaje de la película en la zona comunista, Billy Wilder tuvo un problema con la policía oriental en una escena en que se inflaba un globo con el lema: Rusky, go home!. Parece ser que los agentes se situaron ante la cámara para impedir la grabación, y Wilder les dijo que iban a mostrar al mundo que el la RDA no había libertad de expresión. Lo cierto es que el pleno rodaje se llevo a cabo la construcción del muro, lo que obligó al director a recrear algunas calles del Berlín Oriental en un estudio cinematográfico de Munich y motivó que la cinta fracasara en los cines alemanes. A pesar de que en algunas escenas se nota que la película no ha envejecido del todo bien, es cierto que algunos gags todavía tienen vigencia hoy en día:

El ambiente opresivo y claustrofóbico que se vivía al otro lado del muro aparece reflejado con bastante acierto en películas como Un túnel hacia la libertad (Roland S. Richter, 2001) o La vida de los otros (Florian H. von Donnersmarck, 2006). El primer filme se aproxima con acierto a una de las realidades más curiosas de aquellos años: la de gentes de uno y otro lado del muro que construyeron túneles para que los berlineses orientales pudiesen huir al sector occidental y reencontrarse allí con sus familias. La segunda película, que resultó ser uno de los grandes éxitos cinematográficos del año 2006, narra la evolución psicológica de un oficial de la Stasi (policía secreta de la RDA) durante la vigilancia intensiva a una pareja de intelectuales.

Varias son las películas que han reflejado el final del muro de Berlín, pero ninguna lo ha conseguido con tanta agudeza como Good bye, Lenin! (Wolfgang Becker, 2003). En ella el actor alemán de origen español Daniel Brühl interpreta al hijo de una convencida comunista del Berlín oriental que despierta de un coma tras la caída del muro. Debido a que la salud de la mujer es muy precaria y los médicos le aconsejan que evite darle disgustos, su hijo decide fingir que nada ha pasado y que Berlín oriental sigue viviendo bajo un régimen comunista.

Además de Berlín, otra gran ciudad europea fue dividida como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial: Viena. Austria también se repartió bajo el dominio de las cuatro potencias aliadas (con la capital a modo de isla en medio del sector soviético) pero, a diferencia de Alemania, los aliados permitieron su reunificación en 1955 bajo el compromiso de que el país se declarase neutral. Hay una película que refleja muy bien cómo era la vida en Viena durante la ocupación de la ciudad por las cuatro potencias aliadas: El tercer hombre (Carol Reed, 1949). El filme recrea con acierto las suspicacias entre las tropas de los cuatro países y la miseria de aquellos años. Todo ello como trasfondo de una de las mejores películas de espías de todos los tiempos cuyo guión fue escrito por el novelista Graham Green. Algunos de los elementos más característicos de este filme son su icónico tema principal interpretado con una cítara, la enigmática actuación de Orson Welles y la marcada estética expresionista, que contribuyen a que El tercer hombre sea una clásico.

Antón L. Martínez

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