Una de romanos

Atrás quedan los tiempos en que, en estos días de Semana Santa, la televisión se llenaba exclusivamente de películas de tema bíblico y ambientadas en la antigua Roma. Esta civilización, a la que le debemos muchos aspectos de nuestra cultura (como dirían los Monty Python), fue descubierta por el cine (especialmente americano) en las décadas de 1950 y 1960. Los motivos de esta fiebre por lo romano son variados pero se pueden apuntar dos: uno económico, puesto que en esos años las autoridades italianas fomentaron el desembarco de las productoras estadounidenses en los estudios romanos de Cinecittà, y otro ideológico, puesto que Estados Unidos siempre se ha sentido muy identificado con la antigua Roma, algo que todavía sucede hoy en día. Además de las grandes películas americanas ambientadas en esta época histórica, se desarrolló en paralelo el género denominado péplum por la túnica que vestían sus personajes. Así se denomina una serie de películas de aventuras de bajo presupuesto inspiradas en la Roma clásica. Grandes superproducciones y péplums comparten un escaso rigor histórico, sacrificado en aras de la espectacularidad en el primer caso y del entretenimiento en el segundo.

Inauguración de los estudios Cinecittà en 1937 por Benito Mussolini. Tras la Segunda Guerra Mundial, las autoridades italianas los reconstruyeron y fomentaron que las productoras americanas convirtiesen Roma en un Hollywood sobre el Tíber.

La historia de la antigua Roma se divide en tres períodos desde el año 753 a.C., fecha de la supuesta fundación de Roma por Rómulo y Remo, hasta el año 476 d.C. en que el último emperador del Imperio Romano Occidental es depuesto por los germanos. El primer período es la Monarquía, una época envuelta en halos de leyenda durante la cual, según la historiografía romana, se sucedieron siete reyes. La caída de Tarquino el Soberbio dio paso a la República Romana, un sistema aristocrático en que el poder era detentado por los miembros de un Senado controlado por unas pocas familias. Finalmente, en el primer siglo antes de nuestra era la República devino en Imperio tras una serie de guerras civiles en que destacaron personajes como el general y dictador Julio César.

La loba capitolina: escultura que hace referencia a la historia de los míticos fundadores de Roma: Rómulo y Remo. Según la leyenda, estos hijos de Marte y de una sacerdotisa fueron criados por una loba.

Los ejemplos de filmes ambientados en la época monárquica son muy escasos, salvando algún péplum. Quizás la impronta más fuerte de esta etapa en la filmografía estadounidense sea uno de los números del musical Siete novias para siete hermanos (Stanley Donen, 1954), que se recoge tras el párrafo. En esta canción, que resulta inconcebible en estos tiempos, el protagonista del filme narra a sus hermanos uno de los mitos fundacionales de Roma: el rapto de las Sabinas. Según la leyenda los primeros romanos, comandados por su rey Rómulo, raptaron a las mujeres de la tribu de los Sabinos para paliar la escasez de mujeres en Roma. En el filme de Donen, este rapto de las Sabinas inspira a los protagonistas para hacer lo propio con las mujeres de un pueblo cercano. El tono de este clásico del género musical parece indicar que la actitud de la sociedad hacia la mujer en 1954 era más similar a la de los antiguos romanos que a la de hoy en día.

La época republicana resultó más fértil para el cine especialmente en su etapa final. Resulta sorprendente que episodios como las Guerras Púnicas, cuando Cartago llegó a poner contra las cuerdas a la todopoderosa Roma, no hayan sido más explotados por el cine americano (salvando, claro está, algún péplum que recogió la anécdota del general cartaginés Aníbal cruzando los Alpes con sus elefantes durante la Segunda Guerra Púnica).

Anibal cruzando los Alpes con sus elefantes. Esta es una de las anécdotas más conocidas de la Segunda Guerra Púnica que ha servido de inspiración a artistas de todas las disciplinas, como el pintor Poussin.

Uno de los hitos de la República fue la rebelión de esclavos comandados por Espartaco recogida en el filme de Kubrick de 1961 del que ya hemos hablado hace algún tiempo. Otro de los protagonistas de la República es Julio César, personaje en que se han inspirado múltiples obras de arte. El cine también lo ha hecho: desde la versión cinematográfica del drama shakespeariano Julio César dirigida por Mankiewicz en 1953 hasta Cleopatra, dirigida también por Mankiewicz en 1963 que hace hincapié en la relación de César con la última reina de Egipto. Este último personaje ha sido uno de los más maltratados por la historiografía, que se ha centrado en los aspectos más frívolos y ha dejado de lado su carácter y su iniciativa, que debía ser excepcional para poder llegar a poner en apuros a una Roma que iniciaba su época de mayor esplendor.

Fotograma de Cleopatra (1963), que ilustra el escaso rigor histórico de estas producciones: la reina está atravesando el arco romano de Constantino, que se construiría más de tres siglos después de su muerte.

El imperio ha sido la etapa más prolífica para el Séptimo Arte. Aunque sea una serie no se puede dejar de nombrar la deliciosa Yo, Claudio (1976), inspirada en la obra de Robert Graves. Esta serie de la BBC, a pesar de sus licencias, es más útil para entender el primer siglo del Imperio (marcado por los descendientes de Augusto) que algunos sesudos tratados de Historia. Contemporáneo de estos primeros emperadores es Jesucristo, que aparece como personaje en el clásico Ben-Hur, filme que también profundiza en la política de aquellos tiempos; algo similar sucede en La vida de Brian, película que parodia a Ben-Hur.

Los tres sucesores de Augusto en la serie Yo, Claudio (1976): Claudio, Calígula y Tiberio.

El último emperador de la dinastía Julio-Claudia (fundada por Augusto) fue Nerón. A este personaje, muy maltratado por la historia, se le recuerda por las persecuciones de cristianos (aunque no fuese el más implacable en este propósito) y ésta es la imagen de Nerón que se recoge en Quo vadis? (1951, M. LeRoy), basado en una novela histórica muy popular de finales del siglo XIX. También en época de Nerón se ambienta el Satiricón (1969), obra maestra de Federico Fellini que narra la vida de dos jóvenes en la Subura, uno de los barrios más marginales de la antigua Roma.

Fotograma de Quo vadis? El título del filme hace referencia a una leyenda que cuenta que Pedro, huyendo de Roma, se cruzó con Jesús cargando con la cruz. El apóstol le preguntó: Quo vadis, Domine? (¿Hacia dónde vas, Señor?). A lo que Cristo respondió que va a Roma a ser crucificado de nuevo. Pedro, avergonzado, volvió a la ciudad para sufrir martirio.

En el año 79 d.C., gobernando Tito, tuvo lugar la erupción del monte Vesubio que sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano. El cine ha recreado esta catástrofe varias veces tomando como fuente principal la novela romántica de E. B. Lytton Los últimos días de Pompeya (1834).

Fresco de Safo en Pompeya, uno de los hallazgos arqueológicos más sugerentes de la ciudad enterrada por el Vesubio.

El apogeo del Imperio Romano se produjo durante el gobierno de Trajano (entre el 98 y el 117 d.C.), durante el cual alcanzó la máxima expansión territorial. Según la historiografía, sus tres sucesores (Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), fueron grandes gobernantes que mantuvieron el esplendor de Roma. Sin embargo, el hijo de Marco Aurelio, Cómodo, resultó ser un personaje despreciable más aficionado a la lucha de gladiadores que al gobierno. Cómodo es protagonista de dos películas: La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964) y Gladiator (Ridley Scott, 2000). La idea de la decadencia del Imperio a partir de Marco Aurelio fue recogida y desarrollada por la monumental obra de Edward Gibbon, un ilustrado escocés del siglo XVIII considerado como el primer historiador contemporáneo. El autor hace hincapié en que el desmedido poder de la guardia pretoriana que protegía al emperador (tal y como se muestra en estos filmes) fue una de las causas de la caída de Roma.

Russell Crowe como Máximo Décimo Meridio en Gladiator (2000). No sería factible que ningún romano ostentase este nombre puesto que Máximo no podía ser un praenomen en la antigua Roma.

Lo cierto es que, a pesar de que el Imperio Romano todavía albergó a grandes personajes (como Hipatia, la filósofa alejandrina protagonista del filme Ágora de Alejandro Amenábar), a partir de Marco Aurelio la antigua Roma caminó con paso firme hacia su final.

Rachel Weisz como la filósofa Hipatia de Alejandría en Ágora (2009).

Antón L. Martínez

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