EE.UU.: una historia de cine I

Ayer se estrenó El vicio del poder (Adam McKay, 2018), un filme que, con altibajos, pretende ser una crítica ácida de las miserias de la clase política estadounidense de las últimas décadas (antes de la llegada de Donald Trump). La película no es sino un ejemplo más de cómo el cine americano ha reflejado la realidad política de EE.UU., un país relativamente joven pero con numerosos episodios significativos a lo largo de su corta historia.

Christian Bale como el maquiavélico Dick Cheney en El precio del poder: ¿un serio candidato para el Óscar al mejor actor?

Mucho antes de que se crease Estados Unidos como nación, Norteamérica no era sino el escenario de un enfrentamiento entre dos culturas: la cultura europea (personificada en los colonos ingleses, españoles, franceses y holandeses), y la cultura nativa. El reflejo que ofrece el cine estadounidense de esta situación resulta, en general, distorsionado, puesto que tiende a obviar la importancia de los colonos no anglosajones y además ofrece una imagen edulcorada de la relación entre colonos y colonizados, como sucede en filmes como el Pocahontas de la factoría Disney o El nuevo mundo (2005, Terrence Malick).

Pocahontas en un retrato realizado cuando tenía unos 20 años.

La creación de EE.UU. como tal se produjo en 1775, cuando se inició la guerra que llevaría a la Independencia de las Trece Colonias de Norteamérica de la metrópoli británica. Este hito ha sido llevada al cine en varias ocasiones, normalmente con un interés propagandístico claro. Quizás una de las películas más logradas sobre este acontecimiento sea Revolución (Hugh Hudson, 1985), una producción anglo-noruega que se centra en la historia de Tom Dobb, un personaje que se ve arrastrado a una guerra que no tiene sentido para él.

Casi un siglo después, en 1861, EEUU se vio inmerso en otra guerra que marcaría al país de manera indeleble: la Guerra de Secesión, una guerra civil motivada por las diferencias entre los estados del norte y del sur del país, en especial acerca de su postura a propósito de la esclavitud. A pesar de que siguen siendo temas muy controvertidos en algunas zonas de EEUU, la Guerra de Secesión y la esclavitud en el país norteamericano han dado lugar a películas como Doce años de esclavitud (Steve McQueen, 2013), que refleja las condiciones de vida de los afrodescendientes en el EEUU inmediatamente anterior a la Guerra, o Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), probablemente la película más popular de la historia del cine. Lo que el viento…, es la adaptación de una exitosa novela publicada tres años antes que narra la transformación del sur de EEUU a través de la historia de Scarlet O’Hara, hija de unos propietarios rurales esclavistas del estado de Georgia. El filme, a pesar de que sigue siendo muy popular hoy en día, suscita rechazo por parte de algunos sectores debido al racismo que subyace en algunos momentos de la película; y es que Lo que el viento…, no es sino una expresión de la mentalidad de una época, puesto que las heridas causadas por la Guerra de Secesión no estaban todavía cerradas en 1939 (ni parece que lo estén en 2019…).

Los años anteriores y posteriores a la Guerra de Secesión son los años de expansión del territorio de EE.UU. hacia el oeste, desde las trece colonias iniciales hasta los cuarenta y ocho estados actuales. Esta expansión inspiró un género cinematográfico propio, el western, del que se ha hablado largo y tendido en este blog. En esos mismos años se ambienta La edad de la inocencia (Martin Scorsese, 1993), que refleja la existencia de unas clases urbanas acomodadas que manejan el cinismo y la hipocresía como John Wayne la pistola.

El inicio del siglo XX en EE.UU. se vio marcado por la participación del país en el final de la Primera Guerra Mundial y por la década de 1920, años de progreso y prosperidad ficticios, marcados por la doble moral de la Ley Seca y por la violencia de los gángsteres en las grandes ciudades. Una joya cinematográfica que refleja el ambiente de estos años es Primera plana (Billy Wilder, 1974), quizás la obra más ácida del gran maestro de la comedia, en la que ridiculiza a la clase política, periodística y judicial.

Walther Matthau y Jack Lemmon en la película más ácida (y acelerada) del maestro Billy Wilder.

Los felices años 20 se vieron dramáticamente interrumpidos por la Gran Depresión, iniciada por el Crack bursátil de 1929, que hundió económica y moralmente al país. Las consecuencias de la Depresión se dejaron sentir en ambientes urbanos y rurales, condenando a millones de personas a la pobreza, a la marginación y a la emigración. Esto es lo que se refleja en Las uvas de la ira (John Ford, 1940), obra maestra cinematográfica basada en la obra maestra del premio Nobel de literatura John Steinbeck que narra el éxodo sin fin de unos campesinos del medio oeste americano.

Los protagonistas de Las uvas de la ira, en pleno viaje en busca de su tierra prometida.

En la salida de la crisis jugó un papel destacado la política del presidente Franklin D. Roosevelt, que con su New Deal impulsó el control de la economía por parte del Estado, intentando que las condiciones de vida fuesen iguales para todos. El espíritu del New Deal se ve reflejado por la película Caballero sin espada (Frank Capra, 1939), canto al triunfo de un hombre corriente sobre las élites  corrompidas.

James Stewart como Mr. Smith, el hombre medio americano que triunfa sobre los intereses espurios de las élites corrompidas en Caballero sin espada.

En 1941, el ataque de Japón al puerto hawaiano de Pearl Harbor marcó la entrada de EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial; Pearl Harbor supuso probablemente la mayor conmoción que sacudió al país (por lo menos hasta el ataque del 11 de septiembre de 2001) y, a la postre, marcó el inicio de la hegemonía total de EE.UU. en la política mundial. Este acontecimiento se refleja en De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953), que narra la existencia de unos personajes devorados por los acontecimientos históricos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. entró en una época caracterizada por una conmoción social y por la prosperidad económica y técnica, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión…

Antón L. Martínez

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